
MIÉRCOLES 25/09/2024
A las 8 bajamos a la recepción del Hotel Old Batumi y el ruso nos llevó hasta un bar cercano donde escogimos del menú un plato cada uno con una bebida, que era lo que al parecer incluía de desayuno el precio pagado por la habitación. Pelayo eligió revuelto con ensalada y yo huevos fritos con ensalada. Estuvo bien, pero he de decir que fue el desayuno menos abundante de toda nuestra estancia, acostumbrados ya a las guesthouses.

Estando allí se puso a llover estrepitosamente por lo que tuvimos que esperar un poco para volver al hotel. Al rato salió de nuevo el sol, secando bastante rápido las encharcadas calles. Dimos un paseo por el Boulevard, que va a la vera de una larga playa de piedras. Vimos el famoso kiosko de baldosas con forma de pulpo, grandes edificios como el Marriott y luego volvimos por el bonito Parque del 6 de Mayo, que cuenta con un lago bastante grande.



Una vez en el hotel cogimos el coche del patio, donde ya habíamos metido por la mañana las maletas, cuando entregamos la llave de la habitación en recepción (no hubo problema en dejar allí aparcado el coche un rato). Recorrimos en coche el bulevar hasta el final, admirando todos los edificios nuevos que hay al borde de la playa: hotelazos como el Orbi City, el Grand Bellagio o el Alliance Palace, el McDonalds y un largo etc. Eso sí, paramos a ver la curiosa estatua de las «Flipflops on eggs» antes de dirigirnos al Fish Market.

En cuanto a visitar Batumi, si tenéis duda yo definitivamente aconsejo que sí, es una ciudad que me encantó y me hubiese gustado estar más días para subir a alguno de los altos edificios, probar algún restaurante que nos aconsejaron, pasear un poco más por la ciudad (quizás en bicicleta), coger el teleférico, etc. Se trata de la parte más moderna del país y creo que también es interesante verla.


Una vez en el Fish Market, ya a las afueras de Batumi, vimos una gasolinera justo al lado así que paramos a rellenar el depósito (143G/45’4€). Pelayo negoció con el señor de la gasolinera que nos dejaba un hueco para dejar el coche en la gasolinera mientras íbamos al Fish Market a cambio de 5G/1’5€. En cuanto echamos a caminar hacia el mercado se nos empezaron a pegar vendedores diciendo que trabajaban en restaurantes de alrededor y que nos prepararían cualquier plato por un módico precio, muy cansinos.

Una vez dentro nos dimos cuenta de que el mercado era muy pequeño, pero se veía buen producto y bien presentado; vimos esturión, pulpitos, doradas, lubinas, rodaballos, etc. Nos atosigaban tanto los de los restaurantes que se nos quitaron las ganas de comer allí así que al poco volvimos al coche y pusimos rumbo hacia la zona de Tsikhisdziri, que nos había recomendado Nino, la de Chiatura. Es una zona bonita, con vegetación casi tropical, pero nos metimos por algún camino de tierra complicado por el que tuvimos que dar la vuelta al estar todo embarrado.

Finalmente paramos a comer en un local llamado Taraghana, en Kobulati, con una gran explanada para aparcar (estábamos solos aunque después se ocuparon un par de mesas más). El restaurante era abierto hacia la playa, con una terraza en la segunda planta muy cuqui, pero se puso a llover a cántaros otra vez así que no lo pudimos disfrutar como se debería. El restaurante tenía pescado del día en un arcón que había en la entrada, hasta donde nos acercamos para escoger: 365g de chinchos y 510 de trucha (no había ese día mucha variedad, la verdad es que vimos más cosas en el Fish Market).


Además pedimos una ensalada con walnut, unos champiñones con queso, dos cervezas y un café, pagando por todo 122’62G/39€. La comida estaba rica y abundante pero el precio nos pareció un poco excesivo para lo que veníamos viendo en Georgia. Tras la comida continuamos por la costa del Mar Negro, parando en la Magnetic Sand Beach, donde al parecer hay una arena especial, dicen que beneficiosa para la salud. El mar estaba muy revuelto así que al poco continuamos con la ruta.

La siguiente parada fue en la localidad de Poti, donde vimos la Catedral, la Torre, el Faro y el cementerio. Aprovechamos para entrar en un centro comercial donde aproveché para comprar un par de sudaderas de Georgia muy chulas (29+35G=64G/20’3€). Continuamos hasta Zugdidi, donde buscamos un alojamiento en Booking, evidentemente una guesthouse, que nos encantan (60’3G/19’14€ sin desayuno, creo que fue la única guesthouse que no lo incluía). Hubo algún momento en que nos rodeaban vacas, cerdos, pavos y demás hordas de animales que caminaban libres por la carretera, suponemos que de vuelta a sus hogares, podéis ver un momento aquí.

Al llegar a la casa, llamada Guesthouse Elco, nos recibieron una niña, su abuela y un perro, que se quería escapar hacia la calle cada vez que abríamos el portalón, fue una escena muy graciosa. La abuela no hablaba ni papa de inglés pero la niña sí, así que nos entendimos bien con ella. Nos dieron una habitación como de «Cuéntame», con baño, además de mostrarnos las zonas comunes, pues había más huéspedes en la casa.
Dejamos las cosas en el cuarto y esperamos un poco a que dejase de llover, pues caían otra vez chuzos de punta, parecía el juicio final… Tras un rato que paró un poco la lluvia salimos a cenar, en coche, a un local que nos habían recomendado llamado Diaroni. El local era una casona, muy cuidada, con porteros y música en directo; más tarde apareció un DJ que pinchó algo de música, incluso algún tema en español, mientras algunos de los comensales salían a bailar, fue bien divertido.



Pedimos esturión ahumado, Khorcho con walnut, dos panes y vino tinto, Saperavi 2029 de Château Mukhrani, muy bueno todo. De postre manzana frita con chocolate y dos chupitos de chacha, pagando 164’64G/52€. Tras la estupenda velada cogimos el coche, que habíamos dejado en una especie de patio interior que había al lado del restaurante, y tiramos para al guesthouse, con cuidado al abrir el portalón por si andaba el perro por allí.


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